07 Sep 07:28h
Carolina Espinosa es madre de tres hijos, operadora de una línea de emergencias y la fundadora de la red Madres Víctimas de Violencia Vicaria Argentina. Detrás de su voz firme se esconde un dolor profundo, una batalla diaria contra un sistema que, bajo su mirada, judicializa la infancia. Para ella, arrebatar a los hijos para herir a las madres es una de las expresiones más crueles del maltrato de género.
Esta realidad y su historia personal salieron a la luz en la entrevista que Celeste Williner le realizó en el programa ¡¿Quién sos?!, estrenado el domingo en Pelado Stream. En este espacio, Espinosa desentrañó el concepto de la violencia vicaria, una dinámica donde los hijos se transforman en herramientas de manipulación, hostigamiento y daño psicológico hacia las mujeres, y cuyo extremo más trágico es el filicidio.
El inicio de esta violencia suele ser imperceptible. «Empieza desde pequeñas frases», relató Espinosa, al evocar comentarios sutiles que buscan desautorizar la crianza materna o desvalorizar el esfuerzo de la madre. En la provincia de San Juan, Carolina observa con alarma un patrón recurrente en la adolescencia. Cuando las madres intentan establecer límites cotidianos —como retirar el celular o la consola de videojuegos ante una falta de conducta—, los padres separados adoptan posturas permisivas.
Ante la queja del joven, la respuesta paterna no es el apoyo a la madre, sino la denuncia judicial por supuestos malos tratos. «Automáticamente estos adolescentes pasan a vivir con el papá, lo judicializan y esta mamá se encuentra que no puede ver más a su hijo», advirtió. En esa etapa de transición física y emocional, los jóvenes buscan la complicidad de quien no impone reglas, sin medir el impacto de abandonar la escuela o quedar a la deriva en la calle.
Los motivos detrás de estas conductas son diversos y complejos. En la experiencia de la red, existen disputas por bienes materiales, como la recuperación de una casa o un automóvil. No obstante, el factor central radica en la concepción de la mujer como una pertenencia.
Carolina explicó que la agresión se desencadena cuando los varones consideran a las mujeres como posesiones que se escapan de su control. Este acoso no es individual; cuenta con el respaldo de un núcleo familiar que ampara y protege conductas insanas. De acuerdo con las estadísticas de la organización, entre el 98% y el 99% de las madres afectadas sufrieron de forma previa violencia física, económica o psicológica en el transcurso de la relación.
El calvario personal de Carolina se desató el día que decidió poner fin a su matrimonio. La respuesta de su expareja fue una advertencia implícita: «No te vayas, que yo no te voy a quitar nunca tu hija». Tiempo después, cuando Carolina rehízo su vida con un nuevo compañero y su hija menor consolidó un vínculo afectivo estrecho con él, las agresiones verbales comenzaron.
El miedo y los ataques de pánico se apoderaron de su cuerpo. Tras recibir asesoramiento profesional en Cavig, obtuvo una orden de restricción perimetral y solicitó una cuota alimentaria. La reacción de su exesposo fue inmediata y caótica. Él retuvo a la menor tras una visita de rutina y presentó una denuncia falsa por abuso sexual simple contra la pareja de Carolina. «El 80% de las denuncias son de abuso… porque es la figura penal más difícil de probar», explicó sobre este recurso frecuente que siembra la duda en los tribunales.
La primera separación de su hija duró siete días de total desconcierto. Espinosa recordó el dolor de ingresar a la fiscalía de Anibi con su bebé de tres años en brazos, en medio de un escenario hostil frente al progenitor, su familia y sus abogados. Aunque destacó la labor posterior de Anivi, manifestó una desprotección absoluta por parte de la justicia penal, Cavig y el Juzgado de Familia.
La desvinculación forzada se convirtió en una constante debido a las fallas sistémicas a nivel nacional. Desde el 16 de enero, Carolina no puede ver a su hija. A pesar de poseer el cuidado compartido por ley, la resistencia del entorno paterno y la amenaza de intervención policial la obligan a replegarse para no alterar a la menor en sus espacios seguros, como la escuela o sus clases de danza. «Primero va a estar la psiquis y la emocionalidad de mi hija», confesó con resignación.
Ante la ausencia, la creación de la red nacional se transformó en su vía de escape y en un canalizador para el dolor. Carolina se apoya en la terapia psicológica para mantenerse fuerte. El desgaste emocional de las madres en esta situación suele derivar en graves afecciones de salud, como enfermedades autoinmunes.
Desde la organización, la mirada se centra de manera estricta en la perspectiva de la infancia. Carolina aclaró que el enfoque de su lucha prioriza el bienestar de los niños por encima de las disputas de género. Por esta razón, la red reconoce que existen madres violentas y padres excelentes —como el progenitor de sus dos hijos mayores o su actual pareja—, y busca que la legislación proteja a cualquier hijo desvinculado de manera injusta.
La preparación para el eventual reencuentro exige un proceso psicológico complejo: el duelo por el niño que se fue para recibir al que regresa. «Las madres duelamos a ese niño que se va para poder reencontrar un niño que llega y que es otro niño con otra mamá», reflexionó. Para este momento, Carolina atesora un libro de recuerdos con fotos y momentos compartidos durante su etapa de apego.
Sabe que su hija no volverá de inmediato a sus brazos con un saludo espontáneo, pero confía en que el lazo perdure en lo más profundo de su ser. Tampoco le perturba que la niña llame mamá a otra persona bajo la influencia de la familia paterna, pues confía en el poder de la verdad histórica.
El dolor de la ausencia es infinito. Su motor es resistir hasta que su hija regrese por la vía judicial o por el propio peso de la vida. Su gran objetivo es que la menor comprenda que su madre nunca abandonó la lucha y que su esfuerzo ayude a que otras mujeres y niños tengan igualdad de condiciones ante la ley.
PELADO STREAM
Sin comentarios