16 Jun 07:30h
Desde que la economía comenzó a desarrollarse como ciencia (Siglo XVIII), un tema prioritario de investigación fue saber por qué algunos países crecen más que otros y algunos no lo hacen en absoluto. El economista y periodista argentino Julio Sevares, en su libro “Porqué crecieron los países que crecieron”, desarrolla una interesante teoría al respecto, que comparto, por lo que resumo a continuación. Su conclusión, después de estudiar varios países, es que no hay fórmulas mágicas para el crecimiento económico y que cada proceso es singular e irrepetible. Sin embargo, las experiencias muestran algunos denominadores comunes.
Uno de ellos es la presencia de élites de dirigentes políticos, sociales y empresariales, decididas a promover el crecimiento apelando al poder del Estado y a la movilización de las voluntades. Para Sevares (citando al historiador norteamericano Liah Greenfeld) “la ambición de los grandes empresarios estadounidenses fue una fuerza económica objetiva, tan importante como los enormes recursos naturales o el capital, que impulsó a Estados Unidos a la vanguardia de la industrialización y el poder”.
Un segundo denominador es la flexibilidad para adaptarse a las condiciones cambiantes del ambiente interno y externo, que podría denominarse como “capacidad de innovación”.
El tercer denominador, es la conciencia sobre la importancia del desarrollo educativo y tecnológico. Según Sevares, uno de los principales campos de intervención estatal en los países avanzados tempranamente y en los que despegaron durante el Siglo XX, fue en el desarrollo educativo – científico – tecnológico; los Estados asumieron el carácter estratégico de la tecnología para la competitividad (y la competencia bélica) y no dejaron el desarrollo tecnológico librado a las fuerzas del mercado. Siempre según Sevares “una de las razones del atraso latinoamericano es que los gobiernos y las burguesías locales se caracterizaron por su baja preocupación por la generación de ciencia y tecnología”.
Un cuarto denominador es que, en ningún caso, el crecimiento surgió del desarrollo “natural” de los mercados internos ni de la adaptación pasiva de las economías al mercado mundial. El crecimiento siempre comenzó a partir de políticas públicas deliberadas, destinadas a cambiar las condiciones económicas preexistentes (romper el estatus quo), en algunos casos en forma muy acelerada. Por eso, el inicio de una nueva fase de crecimiento requiere decisión política y Estado fuerte; “esto exige, a su vez aparatos estatales independientes y eficientes”.
Un quinto denominador es que las inversiones externas fueron, en general, controladas por el Estado en función de objetivos estratégicos nacionales y en casi todos los casos se obligó a los inversores a transferir tecnología dentro del país. Para Sevares “a diferencia de lo que sostiene el discurso liberal, el crecimiento económico con desarrollo social no puede surgir de la apertura pasiva a las corrientes externas de mercaderías, capital y tecnología”.
Un sexto denominador es que las economías más avanzadas son aquellas donde prevalece la producción industrial de alto contenido tecnológico. Casi todas esas economías siguieron un proceso que se inicia con la agricultura, con cuyas rentas se financia el desarrollo de la industria pesada y luego de la industria de alta tecnología.
Los Gobiernos, al principio, para proteger el desarrollo de la agricultura, pusieron subsidios y aranceles a la importación (o directamente prohibición de la misma para determinados productos). Cuando la agricultura se fortaleció, abrieron sus mercados a la competencia mundial. Con los recursos agrícolas, hicieron un proceso de “proteccionismo” similar para la industria, hasta que ésta también se fortaleció.
Pero, en cualquier caso, el proteccionismo no era eterno: se convenía con los sectores productivos procesos de mediano y largo plazo de apertura paulatina de mercados, a medida que se iban cumpliendo metas de producción, calidad y productividad rigurosamente controladas. De ese modo se evitaba fomentar producciones nacionales caras y de mala calidad en forma permanente.
Como conclusión, Sevares manifiesta que “como muestran las historias de los países estudiados, el crecimiento es posible, aún en condiciones adversas, siempre que existan grupos de poder (públicos y privados) interesados en romper inercias y provocar cambios cualitativos en la organización de la economía”.
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