14 Jul 21:17h
Hoy, 14 de Julio, se conmemora un nuevo aniversario de la Revolución Francesa de 1789 y considero conveniente recordar la vigencia de los tres principios que la motivaron: “Libertad” (contra la tiranía del régimen monárquico que la Revolución derrocó), “Igualdad” (contra las injustas e irritantes desigualdades sociales que generaba ese régimen) y “Fraternidad” (como el vínculo solidario entre ciudadanos para sostener la nueva República que reemplazó a la monarquía).
La historia nos enseña que estos tres principios rara vez se han aplicado juntos e integrados y que eso no ha sido bueno para la sociedad.
Casi en simultáneo a la Revolución Francesa, nació el Liberalismo económico (sobre las ideas de Adam Smith en su libro de 1776) que enfatizó el principio de libertad de mercado, pero descuidó a los otros dos. La experiencia demostró que eso llevó a situaciones de desigualdades económicas extremas (según OXFAM, el 1% de la población mundial posee más riqueza que el 95% del resto del mundo). Esa injusta realidad genera tensiones sociales insostenibles y es una fuente de conflictos permanentes.
A mediados del Siglo XIX, a partir del Manifiesto de Marx y Engels, de 1848, nació el Comunismo, que enfatizó el principio de la igualdad, pero no tuvo muy en cuenta a los otros dos. La experiencia demostró que en los países donde se aplicó esta doctrina, se terminó implantando regímenes dictatoriales, con pérdida de libertad, y alcanzando igualdad solo en el atraso y el subdesarrollo
En general, hoy podemos ver en el mundo que las políticas de los países casi no adoptan ninguna de las dos posiciones extremas, sino que se ubican dentro de un espectro, que en un extremo tiene la libertad y en el otro la igualdad y en el medio hay una combinación de más o menos de cada principio.
Por ejemplo: los países nórdicos (Noruega, Dinamarca, etc.) suelen ser más igualitarios y países como EE UU suelen priorizar más la libertad. Es como si libertad e igualdad fueran principios antagónicos, como si no pudieran convivir pacíficamente, como si el cumplimento de uno es, necesariamente, a costa del otro.
Personalmente, no creo que esto deba ser así. Entiendo que los tres principios de la Revolución Francesa están, hoy, más vigentes y son más necesarios que nunca y que la clave para que puedan regir en conjunto la vida de las naciones y propender a su grandeza y felicidad, está en el tercer principio, olvidado por liberales económicos y marxistas: el principio de la “Fraternidad” (o del amor de hermanos entre los seres humanos), destacado por nuestro Papa Francisco en su Encíclica “Fratelli Tutti”.
En efecto, si en el mundo nuestras vidas se guiaran por el amor fraterno, los que más tienen ayudarían libremente a los desposeídos y se podría reducir los niveles de desigualdad económica sin que, necesariamente, se produzca pérdida de libertad. Obvio, para no caer en utopías, siempre sigue vigente la necesidad de un Estado regulador, pero la tarea de éste se hace mucho más sencilla en una sociedad donde impera la fraternidad que en una guiada con el consumismo egoísta, o el odio.
Por supuesto, el imperio de la fraternidad ayudaría también a evitar guerras, posibilitaría la buena y productiva convivencia en la diferencia, facilitaría la solución pacífica de conflictos y hasta lograría que podamos disfrutar de un buen partido de futbol sin que tengamos que estar separados por un cordón policial las barras de los clubes que juegan.
PELADO STREAM


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