27 Jul 07:05h
Como muchos, soy un usuario intensivo de medios como Facebook (FB), que utilizo como una manera práctica de mantenerme informado de lo que ocurre en el mundo y de comunicarme con otras personas. Hace tiempo descubrí un fenómeno que ocurre en estos medios, que seguramente lo habrán ya advertido todos: una vez presté atención a un reel con un aria de ópera (música que me gusta mucho) y a partir de ese momento, cada vez que abro FB me “llueve” (para mi deleite) ese tipo de música. Lo mismo me ocurre con las opiniones de algunos amigos: leí alguna, le puse un “like” y luego me siguen llegando sus opiniones cada vez que las emite.
Este fenómeno no es casual: dado que el flujo de información es casi infinito, las plataformas digitales como FB poseen mecanismos que lo “editan” o administran, direccionando hacia mi (y hacia cada usuario) solo los temas que me interesan (y censurando el resto), en procura de mantenerme “atrapado” el mayor tiempo posible. En la actualidad, esos mecanismos editores son algoritmos de IA.
Esta cuestión, que aparentemente representa una ventaja (que alguien o algo seleccione los temas de mi interés, para ahorrarme tiempo de lectura) trae consecuencias peligrosas, hasta para la misma democracia, como advierte el filósofo e historiador Yubal Harari.
En efecto, la democracia se basa, entre otras cosas, en la capacidad de los ciudadanos para entablar diálogos civilizados y ponerse de acuerdo (o no) sobre determinados temas. Al estar la comunicación mediada por algoritmos, el que los programa y controla tiene el poder para influir sobre los temas que debatimos y sobre las decisiones que tomamos. Para complicar la situación aún un poco más, la IA ya tiene (o está a punto de tener) capacidad para programarse a sí misma.
Otro problema relacionado con la IA es el siguiente. Según Harari, las plataformas digitales como FB entrenaron a la IA con un objetivo simple: maximizar el tiempo de permanencia del usuario. A través de la experimentación masiva, el algoritmo descubrió de forma autónoma que las emociones negativas (miedo, odio y rabia) son las más efectivas para retener la atención.
Como resultado, prioriza y viraliza de forma deliberada teorías de conspiración y contenidos polarizantes. Como ejemplo reciente tenemos el del futbol. Opiniones disparatadas como las del actor Samuel Jackson acerca de la actitud discriminadora del pueblo argentino, se viralizaron rápidamente, mientras que testimonios de cientos de inmigrantes de todo tipo de nacionalidad y raza que daban fe de la calidad con la que habían sido recibidos en nuestro país fueron prácticamente ignoradas.
Frente a este tipo de problemas, se está generando una fuerte opinión a nivel mundial, que propicia una acción estatal, concertada internacionalmente, para regular el crecimiento y aplicación de su utilización. Comparto esa opinión. Las grandes corporaciones tecnológicas que por ahora controlan a las inteligencias artificiales, se oponen a esta medida, alegando que regular los algoritmos es una forma de censura estatal.
Harari rechaza firmemente este argumento y explica que la libertad de expresión es un derecho puramente humano, no un derecho de las máquinas. El problema real no es el derecho (que debiera ser irrestricto) para que los ciudadanos publiquen su opinión, sino la decisión del algoritmo de tomar un discurso de odio y difundirlo intencionalmente a millones de personas solo para generar ganancias económicas; o la decisión del algoritmo de difundir algunas opiniones y censurar otras para influir en el diálogo democrático a favor de oscuros intereses.
PELADO STREAM


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