05 Jun 09:33h
Antes de comenzar, una advertencia: esta columna no es apta para susceptibles. En tal caso, será desafiante para unos y para otros.
Marcelo Orrego inició la semana con un anuncio inesperado: emitir deuda por 600 millones de dólares con la coparticipación como garantía para fondear la obra pública frente al torniquete de Nación. Tres días después logró la sanción de la ley.
La velocidad con que se consumó todo solo fue posible por el despliegue de una jugada política clásica. Hubo factor sorpresa, poco margen para la duda y ejercicio del poder.
El peronismo -al menos una parte- pretendió llevar el proyecto a comisión para analizarlo detenidamente antes de darle vía libre al Ejecutivo. Si eso hubiera sucedido, la iniciativa se hubiese empantanado.
Son muchos los puntos sensibles a la duda. Entre otros, endeudarse en moneda extranjera, poner como garantía la coparticipación, someterse a tribunales internacionales, por citar solo tres aspectos.
Para el oficialismo, que la ley fuera a comisión no implicaba, en ningún escenario, sumar adhesiones. El poroteo estaba cantado desde el arranque. El número cerró, con votos peronistas incluidos.
¿Por qué decir que Orrego hizo política a lo Milei? Basta mirar la postal que dejó en la bandeja del recinto legislativo, equiparable al palco que suele ocupar el presidente en el Congreso Nacional. No hay antecedentes en la historia democrática reciente de un gobernador ubicado en ese sitio, habitualmente reservado para el público ciudadano.
Pero en ese palco ya había presencia política.
La llegada de Orrego a la Legislatura, escoltado por algunos ministros, fue una reacción a la jugada que habían desplegado antes los intendentes peronistas, que llegaron en grupo para marcar presencia y respaldar el rechazo.
La duda razonable de los intendentes opositores es cómo se repartiría la obra pública financiada con esta emisión de deuda. En el fondo, el peronismo teme que la plata se utilice con fines electoralistas, en la víspera del 2027.
Como ya se editorializó en este mismo espacio de opinión el martes pasado, la ley de Orrego es el signo de un cambio de época. Pase lo que pase el año que viene, las reglas son las que están.
Nación no mandará un peso para obra pública y los recursos coparticipables difícilmente suban, cuando el objetivo declarado del modelo libertario es bajar la presión tributaria. En otras palabras, recaudar cada vez menos.
Las partidas discrecionales tampoco volverán de manera consistente. Este año San Juan recibió un ATN por 16.000 millones de pesos. Un parche minúsculo en comparación con la fenomenal caída de ingresos y los gastos crecientes.
Entonces, Orrego optó por diseñar un financiamiento de gran escala para dinamizar la economía local a través de la obra pública. Neokeynesianismo clásico. Ahí donde el Estado pone un peso se genera trabajo y una multiplicidad de contratos.
Todo esto es lo que desprecia el modelo anarcocapitalista de Milei, donde el Estado debería replegarse y dejar en manos privadas absolutamente todo. Todo.
Esa aparente contradicción entre modelos es lo que le echa en cara el peronismo a Orrego, que mandó a apoyar las leyes de Milei en el Congreso y hoy paga el costo de la motosierra.
Sin embargo, vale preguntarse qué hubiese hecho un gobernador peronista en su lugar. O no, no hay que preguntase tanto. Simplemente basta mirar hacia La Rioja, donde el gobernador Ricardo Quintela acaba de confirmar que emitirá deuda para pagar sueldos. ¡Vuelven los Chachos!
Entonces Orrego actuó a lo Milei, pero también actuó a lo peronista. A lo largo de los 20 años de gobiernos justicialistas, la oposición basualdista se quejó muchas veces de que las leyes se resolvían por imperio del número. Hoy la historia se dio vuelta.
Pero, tranquilos. El poder es prestado y a término. Hoy le toca gobernar a Orrego. Y la Legislatura acaba de convalidar su plan para reactivar la economía con un shock de fondos frescos. ¿El futuro? El futuro es impredecible.
PELADO STREAM
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