29 Abr 09:04h
Aunque parezca un contrasentido, a Javier Milei hay que interpretarlo desapasionadamente. Hay que dejarle el brote temperamental al presidente y a los más entusiastas seguidores. Tal vez con una mirada más serena se pueda comprender la magnitud de un fenómeno que, aunque los encuestadores digan que se derrumba, siempre tiene y tendrá margen para dar una sorpresa en las urnas.
En su discurso en la cena anual de la Fundación Libertad, el presidente volvió a repetir que el mayor costo del ajuste lo pagó la casta.
La primera reacción será echarle en cara que esto no es así. Se perdieron unos 300.000 puestos de trabajo en el ámbito público y en el privado desde que comenzó esta gestión, si se considera el cierre de cuentas sueldo según el Banco Central de la República Argentina (BCRA).
A la par, cerraron unas 22.000 empresas -fundamentalmente pymes- hasta noviembre de 2025, según datos de la Superintendencia de Riesgos de Trabajo de Nación.
Entonces, el ajuste no lo pagó la casta. Lo pagó el laburante.
Sin embargo, Milei no parece ser un mentiroso compulsivo sino un dirigente genuinamente convencido de que todos estos empleos -públicos o privados- estaban sostenidos directa o indirectamente por un Estado elefantiásico. Eso es lo que él refiere como ‘la casta’.
Echar empleados públicos y pisar las paritarias indefinidamente es, entonces, parte del proceso de desguace que él mismo prometió en campaña cuando se autoproclamó como ‘el topo’. Un pequeño mamífero que llegó para destruir el Estado desde adentro.
Paradójicamente, cuando le ganó el balotaje a Sergio Massa el 19 de noviembre de 2023 en San Juan obtuvo el 60 por ciento. Si seis de cada diez electores le dieron su confianza, hay que interpretar que en esa proporción también fue respaldado por trabajadores públicos.
¿Cuánto perdió de aquel respaldo original? Todas las consultoras, con matices, hablan de una caída de la popularidad del presidente. Sin embargo, en su informe más reciente, Ethos relevó que más del 40 por ciento de los sanjuaninos sigue confiando en que las cosas van a mejorar. No es poco, si este es el peor momento de la gestión libertaria.
A esta altura, habrá más de un confundido. Habrá quien interprete que esta columna de análisis y opinión es para reivindicar la figura de Milei. No es así.
Simplemente es una invitación a desmenuzar la figura presidencial desapasionadamente, dejando los insultos y los gritos de lado. Es imperativo calibrar la mirada para entender cómo llegó a este punto el outsider a quien le auguraban la caída a los tres o cuatro meses de la asunción.
Dos años y medio después, Milei demostró que sigue fuerte y es competitivo. Que los escándalos por $Libra, ANDIS y Adorni le resbalan. Que está en campaña por su reelección y ha puesto a los gobernadores dialoguistas, como Marcelo Orrego, a considerar seriamente una alianza en 2027. Un frente donde la conducción sea violeta y los hilos se manejen desde la Casa Rosada.
Nadie lo consideraría siquiera, si el presidente estuviera en retirada. No lo está.
La potencia de Milei también puso al peronismo en situación de reagruparse y definir quién tiene o tendría mejores pergaminos para contrarrestar a la derecha dominante hoy en la Argentina.
En el fondo, esa es la cuestión: ¿el PJ debe contraponer a Milei una figura de centroizquierda como puede ser Axel Kicillof o debe apostar a una figura un poco más corrida hacia la centroderecha como piden desde Guillermo Moreno hasta Miguel Pichetto?
Esa desorientación es producto de Milei. El desconcertante surgimiento de Dante Gebel es producto de Milei. La centralidad política es suya, guste o no.
Hace apenas unas horas, la consultora Zuban Córdoba midió que el 71,2 por ciento considera que hace falta un cambio de gobierno en Argentina. El dato refleja un fuerte malestar en medio de la caída de la economía.
Porque la recesión, la inflación dura y la pérdida del poder adquisitivo real no se condicen con el optimismo libertario. Aún así, nadie se atreva a subestimarlo. Ya pasó en 2025 y la sorpresa fue brutal.
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