20 Feb 09:35h
El paro general de la CGT este jueves fue muy importante, con ausentismo garantizado por la adhesión del transporte de pasajeros. Pero la reforma laboral avanzó igual. Los sindicatos enfrentan su hora histórica. En apariencia, solo tienen dos caminos por delante: agravar las protestas -como piden los sectores más duros- o acudir a la justicia para que algún magistrado detenga la aplicación del nuevo régimen, contrario al artículo 14 bis de la Constitución Nacional y los pactos internacionales.
En cualquier caso, no parece que Javier Milei esté preocupado por la reacción sindical. Esta vez no es una simulación de indiferencia. El poderío de la vieja CGT que enfrentó a Raúl Alfonsín y al resto de los presidentes de la democracia, ya no es lo que era. Y se nota.
Los libertarios no solo lograron una aplastante mayoría en la Cámara de Diputados de Nación para imponer la reforma laboral, sino que le pusieron coto al debate a pesar de la explosiva protesta de la oposición. Alguien dirá por ahí que fue un gesto de autoritarismo, que sofocaron el disenso, que silenciaron a las minorías. Habrá argumentos para sostener que así fue.
Pero habrá que recordar siempre que la composición del Congreso es producto del voto popular del 25 de octubre del año pasado. La avalancha de legisladores libertarios más los aliados del PRO, la UCR y los partidos provinciales como Producción y Trabajo, fue la manifestación de las urnas.
Esta reforma laboral es brutalmente regresiva en materia de derechos. Con el fundamento de abaratar las cargas patronales para que los empresarios no tengan miedo de tomar personal, hay una resignación significativa en comparación con la histórica Ley de Contratos de Trabajo.
Sin embargo, el discurso oficial de que esta flexibilización será motor de la creación de empleo registrado prendió lo suficiente como para que una porción de la población la acompañe o, cuanto menos, se mantenga al margen. La militancia en contra de la nueva ley laboral quedó encapsulada en un sector de la prensa que se ocupó de desglosar cada retroceso y lógicamente en los sindicatos y la oposición.
Fue muy llamativo el escándalo en torno del artículo 44, que los libertarios terminaron retirando como prenda de acuerdo con los aliados, sencillamente porque era impresentable el recorte del salario para un laburante con licencia por enfermedad. Pero quedó sobrevolando el discurso oficial de que muchas licencias médicas son truchas. Que muchos se aprovechan de ese beneficio. Entonces el derecho se convierte en privilegio. El discurso perforó lo suficiente como para que empezara a instalarse la idea, a pesar de que en esta ocasión hubo que retirar el artículo. Es inaceptable. Es indignante. Todavía.
La persuasión del gobierno libertario es notable, a punto tal que cualquier consultora, sin distinción, le sigue dando a Javier Milei un índice de aprobación más alto que cualquier otro dirigente político. Está lejos de ser aplastante. La mayoría -apenas un poco más de la mitad- no lo quiere.
Pero su número positivo, siempre cercano al 50 por ciento, resulta más que suficiente para gobernar. No hay ningún opositor que le haga sombra. La dispersión es total. Y los sindicatos no escapan a ese aluvión.
El descrédito de los gremios no es nuevo. Hizo eclosión entre 2022 y 2023 cuando brotaron los autoconvocados aquí en San Juan. Ese movimiento se aplacó bastante cuando cambió el gobierno. Pero quedó latente la prueba constante. Aquella consigna de ‘con los dirigentes a al cabeza o con la cabeza de los dirigentes’ sigue retumbando. El problema -como dijo en confianza un alto referente de la CGT- es cuando el dirigente se lanza a la batalla y, de repente, se encuentra con que está solo. O que las tropas ya no son lo que eran.
¿Acaso está sucediendo lo que algunos profetas predicen? ¿Se está agotando el modelo sindical que alumbró Juan Domingo Perón? No pidan tanto. En esta columna no habrá ninguna predicción. Solo un llamado de atención: los sindicatos están en su hora histórica.
PELADO STREAM
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