07 May 14:22h
El politólogo Sergio Guzmán sostiene que las sanciones y bloqueos económicos, utilizados históricamente por las potencias para forzar cambios de régimen, han perdido su eficacia práctica en el escenario internacional contemporáneo. Según el experto, estas herramientas, que describe como un intento de «castigar sin disparar», ya no logran alterar los sistemas políticos de los países afectados y, en cambio, suelen generar efectos adversos para quienes las imponen.
Guzmán diferencia conceptualmente entre la sanción, una medida coercitiva para desgastar la economía, y el bloqueo, que se configura cuando se suma el «elemento militar» para impedir que otros estados comercien con el sancionado. El especialista advierte que, aunque el objetivo de fondo es modificar o cambiar un gobierno, «las sanciones económicas están destinadas a ahogar, sofocar, deteriorar la economía de un país», pero frecuentemente no alteran el curso del régimen establecido.
Casos emblemáticos como los de Cuba, Corea del Norte, Irán y Venezuela demuestran la resiliencia de estos sistemas frente a las presiones externas. Guzmán destaca que estas medidas suelen provocar un efecto de «cohesión social interna en rechazo a quien sanciona», fortaleciendo la narrativa del «enemigo externo». En el caso de Rusia, las sanciones incluso dinamizaron la economía local mediante la sustitución de importaciones en sectores como la aviación y la energía.
El fracaso de estas medidas se atribuye también a un cambio en la configuración global, con el surgimiento de nuevos polos económicos como los BRICS, China e India, que ofrecen alternativas de integración que no existían en la década de 1960. Para Guzmán, esta nueva realidad deja a las sanciones sin el sentido práctico que tenían otrora.
Finalmente, la columna resalta el costo humanitario de estas políticas, señalando que los mayores damnificados no son los gobiernos, sino las poblaciones que pierden acceso a bienes básicos como alimentos y medicinas. Guzmán critica la estructura actual de organismos como las Naciones Unidas, donde el derecho al veto en el Consejo de Seguridad neutraliza las soluciones, operando bajo una lógica donde «los ricos hacen lo que pueden porque pueden y los débiles sufren lo que deben».
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