01 Oct 09:11h
‘Mi rival soy yo mismo’, dijo Javier Milei este miércoles en el Coloquio de IDEA -desde París- y no se equivocó. La victoria o la derrota del presidente empezará por la confrontación entre el voto positivo y el voto negativo.
Los tiene a ambos. Un núcleo duro que, estiman las consultoras como Zuban Córdoba, gira en torno de los 30 puntos. Y una desaprobación de alrededor del 60 por ciento.
Mucho cuidado. Los 60 puntos de rechazo a Milei no significan necesariamente una transferencia de votos automática para la oposición.
Las principales figuras que miden para el 2027 no aplastan a Milei. Acaso circunstancialmente puedan superarlo por estrecho margen, pero nada concluyente.
Es el caso de Axel Kicillof o Myriam Bregman o incluso la propia Cristina Fernández de Kirchner, inhabilitada para ser candidata por la sentencia de la causa vialidad.
Milei tiene por delante, entonces, una batalla contra sí mismo.
El de 2027 será un escenario absolutamente diferente al de 2023. Milei ya no es un outsider, no es un recién llegado a la política ni tampoco está despojado de lo que él denominó ‘la casta’.
Hoy la política más rancia está dentro de La Libertad Avanza o colabora, simple y sencillamente porque son las reglas de la democracia. Para construir consensos, hay que hablar con todos. Al menos con los que piensan parecido.
Y Milei encontró ese canal de diálogo. Sin ir más lejos, por estos días está en París acompañado por 13 gobernadores, entre ellos Marcelo Orrego.
Al destino de Milei está atado todo el arco político. La ventana de oportunidad para Kicillof o cualquier otro solo se abrirá si continúa cayendo la imagen del presidente de la Nación. Hay una relación inversamente proporcional entre unos y otros.
Aun así, aunque cayera la competitividad del León, eso no significará el ascenso automático de una figura opositora. De hecho, abundan las versiones que indican que el círculo rojo busca algún otro referente que pueda darle continuidad al modelo con mejores modales. Pero el modelo no se toca.
Milei dijo también en su discurso en el Coloquio de IDEA que, en caso de ganar las elecciones, avanzará con mucha mayor velocidad en el plan de desregulación.
Cuesta imaginarse la magnitud de lo que eso representaría, en un contexto en que el 60 por ciento rechaza algunos o varios de los aspectos de este plan de gobierno, que ya no es una promesa ni una idea abstracta, sino una realidad.
La motosierra se tradujo en despidos, desregulación de tarifas, pérdida de subsidios, un encarecimiento del costo de vida y el consecuente endeudamiento de las familias.
La plata no alcanza, pero el presidente ha dicho en más de una oportunidad que a él no le preocupa ‘la micro’.
De hecho, sostiene que hablar de ‘la micro’ es un engaño de ‘los zurdos’ o de ‘los kukas’, sin importar que incluso algunos referentes de su propio espacio como Patricia Bullrich, con mucha, muchísima experiencia política, le vienen suplicando que afloje un poco ese lazo que estrangula a los votantes.
La súplica de Bullrich no es sensibilidad. Es pragmatismo puro. Llegada la hora de enfrentarse a las urnas, por un lado pueden estar los dogmatismos, las convicciones, el fantasma del ‘riesgo kuka’; pero por otro lado seguramente pesará mucho más la angustia de no saber cómo seguir adelante.
Ese estrangulamiento es el que les costó a la reelección a varios gobiernos anteriormente. Le pasó a Sergio Massa como heredero de Alberto Fernández y le pasó a Mauricio Macri. La malaria no se perdona en el cuarto oscuro.
¿Qué hace pensar que no le puede tocar la misma suerte a Milei? El presidente dijo este año que si los argentinos no optan por la continuidad, se estarán suicidando.
Ese juego, a todo o nada, sin matices, es el que hoy define las reglas, no solamente para la Casa Rosada, sino para el resto del arco político.
De la apuesta de Milei depende la suerte de los candidatos de la oposición. Pensar que los distritos provinciales como San Juan estarán al margen de esta batalla es una ilusión.
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